Y de repente empecé a escribir.
Como en una mezcla de verborragia y agonía
yacía un espíritu indomable, un corcel enorme
que pisaba tan fuerte como el rayo.
En ausencia de retórica, la luna se fue a dormir
y los sueños se disiparon junto con el estigma.
Estigma desdibujado por la lluvia.
Lluvia pesada, distintamente atractiva para la vida.
Corrió como nunca y aún así no alcanzó su objetivo.
Como en un ensayo las gotas marcaron cual metrónomo.
Y otra vez el Sol quiso salir a jugar pero,
el galope de las nubes le negó estirar sus brazos.
En el elipse estelar alcanzó a verla. Indefinida. Aún.
Entonces hubo dos planetas que quisieron conocerla y se aproximaron.
No supieron detenerse y colisionaron entre sí. Estruendo.
Ella despertó de su aletargado sueño y se mezcló
con el polvo de las estrellas y restos del choque. Creo vida.
Miles de luces anunciaron el milagro.
Cayeron. Sobrevolaron el espacio entre sus pies y su boca.
Mineral. Supernova.
El silencio marcó el fin de la obra.
Terminaron alienados en un planeta llamado Tierra.
Comenzaron impulsivamente como un hombre y una mujer.
Tan solo paré de escribir.
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